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Javier y las Estrellitas


Tanto Tito como Javier sabían perfectamente bien que no se les permitía Jugar con fuegos artificiales. Una y otra vez la mamá los había advertido sobre el peligro que representaban. Pero a ellos les seguían gustando. -!No!-decía la mamá-. Cuando sean más grandes, talvez, pero ahora no. Todos los años muchos niñitos se queman con ellos. -Oh ,Mamá, pero si nosotros somos grandes-rogaba Tito, de diez años. -!No! -repetía la mamá. -¿Ni siquiera podemos usar unas pocas estrellitas? -suplicaba Javier, de cinco años-. No nos pueden hacer daño. !y son tan lindas! -!No! dijo la mamá-. Aun las estrellitas pueden hacer mucho daño si no tienen cuidado. -Pero tendremos cuidado-rogaban los dos. -!No! -dijo la mamá, y dio por terminado el asunto. Los chicos se alejaron, quejándose y murmurando. -Voy a conseguir algunas estrellitas de todos modos -dijo Tito-. Tengo algo de dinero. Vamos a comprar algunas. -Pero ¿qué va a decir Mamá? -Ella nunca se dará cuenta- dijo Tito-. Las entraré a escondidas en casa, y las encenderemos cuando ella se vaya. -¿Estás seguro que no pasará nada? -preguntó Javier. -Por su puesto - dijo Tito-. Las voy a esconder en algún lugar de mi habitación. De manera que compraron las estrellitas, esas varitas que al encenderse lanzan chispitas multicolores, las entraron a casa sin que nadie se diera cuenta, y las escondieron en la habitación de Tito. -Esta noche las encendemos-dijo Tito. Pero Javier no podia esperar tanto.



Deseaba encender una enseguida. Demanera que a la mañana siguiente, después que Tito se levánto y salió de la habitación, Javier buscó las estrellitas del lugar donde las habían escondido. ¿Dónde podía encenderlas sin que nadie lo viera? El único lugar que se le ocurría era el baño. Podía cerrar bien la puerta, y nadie se daría cuenta de lo que estaba haciendo. De manera que tomó las estrellitas y una caja de fósforos, se cerró en el baño. Encendió un fósforo, lo acercó a la estrellita, y se puso a observar con deliete cómo lanzaban chispitas. Alegremente se puso a hacerla girar hacia un lado y otro,pero sólo por unos pocos momentos. De pronto una chispa cayó en su pijama. Hubo un resplandor, una nube de humo, y en menos tiempo de lo que cuesta contarlo, Javier estaba envuelto en llamas-!Mamá!-gritó-. !Me quemo! !Ven pronto! El papá llegó primero. Trató de apagar las llamas con sus manos, pero se quemó sereveramente. Detrás de él entró la mamá. Tomando una toalla, envolvió con ella a Javier y lo hizo rodar por el piso. Esto ahogó las llamas y el fuego se apagó, pero Javier seguía gritando de dolor y de miedo. La Mamá y el Papá lo llevarón rápidamente al hospital, donde tuvieron que curarles las serias quemaduras que tenía en su rostro, brazos y pecho.



¿Necesito decirte que nunca más se les ocurrió a Javier ni a Tito hacer una cosa a sí? Nunca. Puedes estar seguro de eso. Pero !qué lástima que algunos niños tengan que aprender obediencia de una forma tan dura!



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